viernes, 3 de diciembre de 2010

Lo que nos cuentan los libros...(I)

"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio"

C. RUIZ ZAFÓN, El Juego del Ángel
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Es cierto: tarde o temprano aparece en nuestra vida alguien capaz de decir las palabras exactas.
El sentirnos identificados con esa persona queda atrás, para descubrir en ella una versión mejorada de nosotros mismos.
De pronto esa persona ha dicho las palabras exactas, aquello que ardía en nuestro interior pero que nunca conseguimos plasmar porque parecía que al darle una forma, al dotarlo de realidad, le hemos robado toda la esencia que lo hacía único.
¿Pero qué son estas?
Diría Shakespeare: "Sólo son palabras, palabras, palabras..."
¿Dónde reside entonces su poder?
No lo tienen.
Sólo poseen aquel poder que quien las pronuncia y quien las reciba, quiera darles.
He de reconocer que ese veneno ya corre dentro de mí, tal vez desde hace tanto que hasta el último rincón de mi ser ha caído en la dulce embriaguez que supone el imaginar que tu vida será dirigida unicamente por aquello que salga de tí.
Envenenada por el poder que supone hacer realidad todos los mundos, todas las historias, y sí, incluso, todas las vidas que lleguen a pasarse por mi mente.
Es posible, no lo niego, que lo realmente atractivo sea el poder y la seguridad de tener en tus manos el desarrollo de una vida, ya que nuestro final muy posiblemente nunca lleguemos a controlarlo.
En un mundo dominado por el azar, nos aseguramos la sucesión de unos acontecimientos: vivimos mil vidas que no son las nuestras.
Buscamos la inmortalidad.
Otro asunto es saber hacerlo.
Hay quien lucha para poder ver materializado ese sueño de vida eterna, y hay quien se pasa la vida buscandose a sí mismo en las palabras de otro.
El hecho de sentirnos identificados puede que nos lleve a no ser más que meros actores de nuestra vida.
¿Y qué vamos a hacer entonces? Sigamos fingiendo.
Puede que nuestra alma ya tenga un precio.

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